jueves, 24 de febrero de 2011

Flechazo

Una farola tintineaba en un oscuro callejón de una villa gallega poco habitada a la orilla del enfurecido océano atlántico. Allí, rodeados por vacío, solitarios coches dormidos esperaban al inminente amanecer, y tras una astuta estratagema que mi ángel de la guarda había planeado sobre la marcha nos dimos un beso.

El primer beso que nos habíamos dado jamás, un beso que hizo que todo el bello de mi cuerpo se estremeciese de una forma aterradora. Un beso que paró el tiempo a nuestro alrededor y convirtió las oscuras calles en una verde y primaveral pradera a la orilla del mar. Un beso que se quedó marcado a fuego en mis labios y les hizo enmudecer para el resto de la noche.
Un beso que llegó en forma de una cómica prueba y traspasó las barreras de mi corazón para invadirme y dejar la puerta, que yo había blindado, abierta a cupido.

Desde aquella noche solo sueño con él, sólo puedo soñar con que ese beso se repita para el resto de nuestras vidas, que ese beso inmortal permanezca intacto observando los años pasar por nosotros. Sólo puedo pensar en acariciar su piel, suavemente con las yemas de mis dedos mientras tumbados en una cama ataviada de blanco esperamos la venida de Morfeo. Sólo puedo imaginar un abrazo eterno en algún acantilado solitario de nuestra tierra natal mientras el sol saluda a la luna escondido detrás de Finisterre.

El ángel del amor atravesó mi corazón como nunca lo había hecho antes.

Desde entonces, espero atento cualquier noticia, un saludo, una palabra, una sonrisa, un simple gesto que me ayude a seguir soñando con que él siente lo mismo.

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