Una farola tintineaba en un oscuro callejón de una villa gallega poco habitada a la orilla del enfurecido océano atlántico. Allí, rodeados por vacío, solitarios coches dormidos esperaban al inminente amanecer, y tras una astuta estratagema que mi ángel de la guarda había planeado sobre la marcha nos dimos un beso.
El primer beso que nos habíamos dado jamás, un beso que hizo que todo el bello de mi cuerpo se estremeciese de una forma aterradora. Un beso que paró el tiempo a nuestro alrededor y convirtió las oscuras calles en una verde y primaveral pradera a la orilla del mar. Un beso que se quedó marcado a fuego en mis labios y les hizo enmudecer para el resto de la noche.
Un beso que llegó en forma de una cómica prueba y traspasó las barreras de mi corazón para invadirme y dejar la puerta, que yo había blindado, abierta a cupido.
Desde aquella noche solo sueño con él, sólo puedo soñar con que ese beso se repita para el resto de nuestras vidas, que ese beso inmortal permanezca intacto observando los años pasar por nosotros. Sólo puedo pensar en acariciar su piel, suavemente con las yemas de mis dedos mientras tumbados en una cama ataviada de blanco esperamos la venida de Morfeo. Sólo puedo imaginar un abrazo eterno en algún acantilado solitario de nuestra tierra natal mientras el sol saluda a la luna escondido detrás de Finisterre.
El ángel del amor atravesó mi corazón como nunca lo había hecho antes.
Desde entonces, espero atento cualquier noticia, un saludo, una palabra, una sonrisa, un simple gesto que me ayude a seguir soñando con que él siente lo mismo.
jueves, 24 de febrero de 2011
Sunny day
Entre la oscuridad de un día de invierno siempre aparece un pequeño rayo de sol que nos recuerda que el verano está por llegar.
Hoy no me apetece ser optimista, pero una parte de mi insiste en serlo, quizá sea el corazón. no lo se, el caso es que uno de mis ojos está cegado por ese pequeño rayo de sol y el otro está totalmente asolado por la oscuridad.
Qué hacer en estos casos, cómo decidirme entre el optimísmo fantástico o la realidad pesimista. Quiero poder disfrutar del optimismo y no darme cuenta de lo real. Me encantaría poder ver la realidad sin sentir lástima por la belleza de lo optimista.
En una hermosa tarde de primavera un joven tumbado sobre el cesped de un gran parque, pensando, meditando, ve una pequeña y solitaria margarita, y la coge:
Hoy no me apetece ser optimista, pero una parte de mi insiste en serlo, quizá sea el corazón. no lo se, el caso es que uno de mis ojos está cegado por ese pequeño rayo de sol y el otro está totalmente asolado por la oscuridad.
Qué hacer en estos casos, cómo decidirme entre el optimísmo fantástico o la realidad pesimista. Quiero poder disfrutar del optimismo y no darme cuenta de lo real. Me encantaría poder ver la realidad sin sentir lástima por la belleza de lo optimista.
En una hermosa tarde de primavera un joven tumbado sobre el cesped de un gran parque, pensando, meditando, ve una pequeña y solitaria margarita, y la coge:
- ...me quiere.... no me quiere.... me quiere...
- no lo ves? deshojando una margarita...
- por que me apetece... qué haces tú?
- Ya... en qué?
- te das cuenta de que intentas racionalizar algo tan irracional como los sentimientos?
- creo que te equivocas...
- ya... pero es que tú eres un humano, yo una persona... y las personas no somos racionales, somos sentimentales.
Miedo a sentir el miedo a caer.
Los sueños... soñar despierto... no hay nada que produzca más felicidad que un sueño se cumpla, así como no hay nada peor que la incertidumbre de si se cumplirá o no.
Al contrario de lo que creía, un sueño que sabemos que nunca llegará a ser real no nos despierta más que un leve sentimiento de indiferencia, y no sufrimiento.
Pongamos un ejemplo; Estás manteniendo el equilibrio sobre un mástil muy fino de 20 metros de altura. Lo único que deseas es no caer, y si en un momento dado pierdes el equilibrio sufrirás y si llegas a caerte sentirás dolor. Por otro lado si en primer lugar te encuentras en el suelo y deseas subir a lo más alto del mástil pero sabes que no puedes hacerlo, nunca sentirás el dolor del golpe contra el suelo.
Pero el sentimiento que realmente me inspira hoy, y en el que me quiero centrar es en el del momento que empiezas a tambalearte encima del mástil, esa incertidumbre de si tu sueño se hará o no realidad, esa ansiedad por saber si él siente lo mismo que tú, la angustia por averiguar si será tu media naranja, y lo que es más importante si tú eres la suya o la inquietud por saber si tu vida llegará a donde deseas.
Las dudas y los miedos nos hacen sentir un dolor muy diferente y en mi opinión mucho más dañino que el propio golpe o esa verdad que no queremos oir. Por eso muchas veces cuando nos tambaleamos encima de ese gran mástil, decidimos tirarnos y terminar con la agonía y pasar de una vez por todas al "agradable" sufrimiento del golpe
Hoy también os digo que cuando pensamos en la alternativa de tirarnos en lugar de seguir soñando hasta que nos caigamos o dejemos de tambalearnos, muy pocas veces se valora bien la opción de "dejar de tambalearse" o lo que es lo mismo: alcanzar tu sueño, lograr enamorar a esa persona o llegar a tener la vida que deseabas.
Es cierto que cuanto más tiempo pases tambaleándote más tiempo sufrirás, pero, ¿y si no llegas a caerte? ¿has pensado qué pasará si no llegas a caerte? A mi parecer, una pizca de felicidad termina con todo el sufrimiento que hayas podido pasar, y creo que eso podría merecer la pena.
Yo por ahora he decidido tambalearme y caer si tengo que caer, o mantenerme si así lo decide la suerte. Pues una gran amistad, me ha enseñado que sentir es síntoma de estar vivo y ser una persona (que no un humano) y ha cambiado mi forma de vida ayudándome a subir al mástil en lugar de quedarme en el suelo por miedo a sentir el miedo a caer.
Lori Meyers, Mi Realidad
Al contrario de lo que creía, un sueño que sabemos que nunca llegará a ser real no nos despierta más que un leve sentimiento de indiferencia, y no sufrimiento.
Pongamos un ejemplo; Estás manteniendo el equilibrio sobre un mástil muy fino de 20 metros de altura. Lo único que deseas es no caer, y si en un momento dado pierdes el equilibrio sufrirás y si llegas a caerte sentirás dolor. Por otro lado si en primer lugar te encuentras en el suelo y deseas subir a lo más alto del mástil pero sabes que no puedes hacerlo, nunca sentirás el dolor del golpe contra el suelo.
Pero el sentimiento que realmente me inspira hoy, y en el que me quiero centrar es en el del momento que empiezas a tambalearte encima del mástil, esa incertidumbre de si tu sueño se hará o no realidad, esa ansiedad por saber si él siente lo mismo que tú, la angustia por averiguar si será tu media naranja, y lo que es más importante si tú eres la suya o la inquietud por saber si tu vida llegará a donde deseas.
Las dudas y los miedos nos hacen sentir un dolor muy diferente y en mi opinión mucho más dañino que el propio golpe o esa verdad que no queremos oir. Por eso muchas veces cuando nos tambaleamos encima de ese gran mástil, decidimos tirarnos y terminar con la agonía y pasar de una vez por todas al "agradable" sufrimiento del golpe
Hoy también os digo que cuando pensamos en la alternativa de tirarnos en lugar de seguir soñando hasta que nos caigamos o dejemos de tambalearnos, muy pocas veces se valora bien la opción de "dejar de tambalearse" o lo que es lo mismo: alcanzar tu sueño, lograr enamorar a esa persona o llegar a tener la vida que deseabas.
Es cierto que cuanto más tiempo pases tambaleándote más tiempo sufrirás, pero, ¿y si no llegas a caerte? ¿has pensado qué pasará si no llegas a caerte? A mi parecer, una pizca de felicidad termina con todo el sufrimiento que hayas podido pasar, y creo que eso podría merecer la pena.
Yo por ahora he decidido tambalearme y caer si tengo que caer, o mantenerme si así lo decide la suerte. Pues una gran amistad, me ha enseñado que sentir es síntoma de estar vivo y ser una persona (que no un humano) y ha cambiado mi forma de vida ayudándome a subir al mástil en lugar de quedarme en el suelo por miedo a sentir el miedo a caer.
Lori Meyers, Mi Realidad
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